| |
En el año 1995 se realizo el reportaje de los marisqueros
de los acantilados de lancha varada de huarmey la cúal
fue dirigida por la Tv Francesa, hoy se la presentamos al mundo
para que conosca las marivillas de nustra tierra.
www.huarmeynoticias.com
Huarmey es un pueblo costero situado al norte
de Lima que posee una serie de costumbres inusuales y únicas
en el Perú. Una de esas costumbres es retirar de las peñas
un marisco que denominan barquillo y que sus pobladores suelen
consumir crudo. Se trata de una actividad bastante arriesgada
pues deben bajar por esas peñas enfrentando la braveza
del mar. Es, además, de acuerdo con un estudio arqueológico,
una actividad milenaria. Más de un centenar de personas
se dedican a esta tarea. Incluso, existen familias que transmiten
esta técnica de generación en generación.
Un conveniente acercamiento a ellas y una prolija descripción
de esta técnica y de la vida de estos marisqueros puede
ofrecer un hermoso fresco de la vida cotidiana de un pueblo humilde
y pequeño. Estas existencias sencillas son un aliciente
para hurgar en la historia del pueblo y en otras costumbres que
el tiempo y la llamada modernidad se empecinan en destruir.
A 292 kilómetros al norte de Lima existe un pequeño
pueblo costero que según algunas guías turísticas
vive del comercio en el camino pero cuyos pobladores subsisten
en realidad gracias a la pesca y a la agricultura. Viajeros antiguos
y contemporáneos, de mirada aguda, aseguran que se trata
de un pueblo “amodorrado” y absorbido por la melancolía.
Y más de uno se sorprende cuando observa que sus moradores
devoran con fruición un molusco que si bien existe en casi
todo el litoral peruano solo se consume en esa ciudad: Huarmey.
El molusco es conocido en la zona como barquillo y en otras latitudes
como en el norte de Chile como quitones o chitones. Son moluscos
de la clase polyplacophora y la familia chitonidae, de placa aplastada,
que presentan un área cefálica (cabeza), un pie
musculoso ventral (conocido en Huarmey como lengua y que es la
parte más popularmente comestible) y ocho placas dorsales.
Miden aproximadamente 80 mm. La concha es oscura, casi negra,
y la lengua es de un color indeterminado entre rojizo y naranja.
Hay muchas especies. En Huarmey se encuentran los Enoplochiton
Níger (el estrictamente barquillo) y el Acantopleura echinata
(llamado barbón, muy parecido al anterior pero con pelos
en forma de púas). Para comodidad del consumidor y debido
al estricto grado de familiaridad existente entre los pobladores
y estos curiosos habitantes de la mar, ambos son conocidos como
barquillos.
Al caer la tarde, es común ver a los huarmeyanos apostados
sobre tres puestos construidos en mayólica en el mercado
de la ciudad, retirando de sus caparazones la sabrosa lengua con
el mango de un tenedor, y lanzárselas a la boca, inmediatamente
finalizado el trámite de limpiarle las menudas vísceras
con los dedos. Pero hay también los que las prefieren lavaditas
y en cebiche, que se puede degustar allí mismo, o en los
restaurantes donde los huarmeyanos ingresan y preguntan: “¿hay
barquillos?”.
Además del cebiche, el barquillo se acostumbra comer en
picante, platillo que también es conocido como ahogado
de mariscos, pero al que se le suele sumar otro molusco llamado
común y silvestremente blanco, y conocido en el litoral
peruano como lapa. Se prepara con papa blanca, y se acompaña
con arroz. En los últimos años, algunos innovadores
han decidido arrojarle al maridaje de molusco y papa, además
del infaltable ají amarillo y los condimentos de rigor,
un chorro de leche, lo que le brinda una suave y delicada contextura.
Pero lo más resaltante de esta costumbre alimenticia no
es la forma cómo se come o se prepara el molusco, o si
es el plato típico por excelencia de la ciudad, lo más
resaltante es la forma cómo los denominados marisqueros
arriesgan su vida para retirarlo de las peñas costeras
y llevarlo hasta el mercado o las casas del pueblo.
Los barquillos viven pegados a esas peñas. Más propiamente
en las grietas, en la “zona intermareal”, donde oscilan
mareas, y “supramareal”, sobre las mareas. El marisquero
debe descender por esas filosas y escarpadas superficies tan solo
con la ayuda de una soga a la que se amarran firmemente. Utilizan
una técnica aparentemente sencilla, y al parecer milenaria.
Descienden por entre las peñas, desnudos o semidesnudos,
con una bolsa de mediana dimensión confeccionada con restos
de redes de pesca y amarrada a la cintura, y en la muñeca
derecha, o izquierda, llevan también amarrado un instrumento
punzocortante, de metal, llamado mariscador, y que sirve para
despegar el molusco de la peña.
Más de un centenar de personas se dedican a esta labor
en la ciudad. Algunos llegan de la vecina localidad de Barranca,
perteneciente a la región Lima-Provincias, pero son en
menor número. Un hecho llamativo es la presencia de familias
cuyos miembros transmiten su técnica y su oficio generación
tras generación. Un conveniente y atildado acercamiento
y convivencia con estos grupos, ofrece la posibilidad de crear
un texto que trasunte aquella cotidianeidad universal que suele
discurrir entre las existencias sencillas.
En el año 1995, el suscrito escribió y publicó
en el suplemento DOMINGO del diario La República, de Lima,
una breve crónica sobre los buzos de Huarmey, aquellos
personajes que hacen de la caza submarina no un deporte sino un
medio de vida. El texto fue leído por los miembros de un
canal de la televisión francesa que se encontraban en plena
elaboración de un documental en la ciudadela de Machu Picchu,
en el Cusco. Una vez finalizado su trabajo, en París, decidieron
regresar al Perú exclusivamente para realizar un reportaje
sobre estos buzos. Una vez en el pueblo de Huarmey el objetivo
del documento televisivo fue replanteado: el protagonismo se desplazó
hacia las arriesgadas maniobras de los marisqueros.
La arqueología también ha ofrecido su aporte en
el devenir histórico de esta actividad. Diversos arqueólogos
que han trabajado en el área de la provincia de Huarmey
han escrito y afirmado que hay un hecho que les ha llamado la
atención desde el principio de sus trabajos, y es que en
los basurales hallados en los sitios arqueológicos analizados
se han encontrado “abundantes placas de quitones”.
Duccio Bonavía, uno de esos prominentes hombres de ciencia,
escribe en su libro Los Gavilanes, sobre los abundantes restos
de dicho molusco (el barquillo) que “es de uso alimenticio
común en el área de Huarmey, pero que en otras partes
del territorio prácticamente no se consume”.
Se trata pues de una costumbre en un pequeño pueblo que
por su sapiencia y plasticidad es un verdadero hecho universal.
Huarmey es un pueblo sin historia escrita. Los textos que de una
u otra manera se refieren a él repiten constantemente que
fue entregada en encomienda a Nuño de Ávila en 1576,
dos años después a Muñoz de Ávila,
y que en su segunda visita pastoral de 1593, el arzobispo Toribio
Alfonso de Mogrovejo halló en el pueblo “cien indios
tributarios y diez reservados, y 300 de confesión, y 500
ánimas chicas y grandes”.
Huarmey, en honor a la verdad histórica, es uno de tantos
pueblos que se fundaron sobre la base de las reducciones del virrey
Toledo en los albores del siglo XVI. Indagar en la vida de las
generaciones de marisqueros de Huarmey debe servir como un excelente
leit motiv para propiciar un estudio inicial, breve, aunque riguroso,
de la historia de este pueblo. Recrear, quizá, con los
escasos datos con los que se cuenta, el saqueo a la que la sometieron
las huestes del pirata holandés Joris Van Speilbergen,
en el año 1615, quien relató su “visita”
en su diario de viajes, e insertó en el mismo un mapa donde
figura la bahía de Huarmey y un “castillo”
que indujo al arqueólogo norteamericano Donald E. Thompson
a visitar la zona en los años sesenta del siglo XX.
Más adelante, en el siglo XIX, se dan en Huarmey algunos
hechos relevantes.
La tarde del 13 de julio de 1823 llegó a estas cálidas
tierras el viajero inglés Robert Proctor. Se trata de una
época en que realizar viajes por la costa peruana era una
labor de verdaderos amantes de la aventura. Proctor describe Huarmey
como un pueblo que se “compone de una calle larga de chozas
indias, con dos o tres casa de adobe, una perteneciente al teniente
gobernador”. Precisamente este personaje, un anciano amable,
dispuso para él la preparación de un “chupe
caliente” y “una botella de jerez añejo, un
verdadero tesoro”.
Seis años más tarde recaló en la bahía
de Huarmey el primer buque a propulsión mecánica
que llegó al Perú: el “Telica”. Este
buque zarpó de Europa a vela y “llevaba en sus bodegas
la máquina a vapor y las ruedas propulsoras laterales”.
Llegó a Guayaquil y en un astillero de dicho puerto lograron
modernizarla.
El primer viaje del “Telica” fue con bandera colombiana
y su destino final era el Callao. Transportaba pasajeros y carga.
Cuando llegó a Huarmey los pasajeros y una buena parte
de la tripulación decidieron abandonar la embarcación
porque la alimentación era mala y no soportaban el pésimo
humor de su capitán. Apenas el contingente pisó
tierra se escuchó un estallido y se observó al “Telica”
volando en pedazos. Solo hubo un superviviente, un marinero que
narró cómo el Capitán, que “también
era el propietario y armador”, hizo explosionar un barril
de pólvora que ocasionó “la destrucción
del buque”.
El sabio Antonio Raimondi también visitó la villa
en 1872. Él escribió que el pueblo de Huarmey “tiene
un aire triste y sus casas dispuestas en una sola calle son construidas
de caña con un ligero enlucido de barro”. Pero dejó
establecido que la villa “tiene su especialidad que la ha
hecho célebre; esta es su chicha. La chicha de Huarmey
es muy estimada y muchas veces se manda de regalo hasta la Capital”.
El jerez de Proctor, muy bien pudo ser la célebre chicha
huarmeyana, que se produce hasta nuestros días con un maíz
de jora que solamente se cultiva en la zona, pero cuya producción
declina día a día.
Ya en el siglo XX, y en los años veinte, se inicia en el
Perú una fiebre propiciada por el gobierno central de entonces
por descubrir tesoros precolombinos en lugares insospechados.
En Huarmey se encuentran barras y objetos de oro en el cerro Maltino,
y se inicia el saqueo constante (que aún continúa)
de sitios arqueológicos.
A fines de los años cincuenta empiezan a llegar arqueólogos
como Ernesto Tabío y Duccio Bonavía, el segundo
de los cuales, en 1982, junto a un equipo multidisciplinario publica
un excelente trabajo denominado Los Gavilanes: un extenso y aproximado
inventario de los sitios arqueológicos de la provincia
de Huarmey.
Los marisqueros, además, deben ser el pretexto para crear
o concebir una breve historia de las costumbres del pueblo: su
chicha de jora por ejemplo, única en el Perú y citada
líneas arriba, y otras costumbres como la pesca de pinta,
la caza de la chuita (especie de cormorán que se halla
en vía de extinción), o la pesca con bomba, actividad
peligrosa y contraproducente. Finalmente, la devoción religiosa
no puede estar ausente. Curiosas manifestaciones culturales durante
la celebración de la Semana Santa (ya en extinción,
lamentablemente) y el fervoroso culto de la imagen de la Virgen
del Rosario, patrona del pueblo.
(E-mail: mdiazr62@hotmail.com)
|
|